lunes, 6 de diciembre de 2010
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YO ME OPONGO A LA NAVIDAD
martes, 30 de noviembre de 2010
ME OPONGO A LA NAVIDAD
Por Snick
Me opongo a la navidad porque en navidad todo en el Perú nos da más pena que de costumbre. Porque llega trayendo sus tradicionales incendios en depósitos clandestinos de artefactos pirotécnicos. Porque aquí no existe la nieve, ni los trineos, ni los renos, ni las mediecitas rojas que se cuelgan en las chimeneas, (ni las chimeneas), ni Papa Noel, ni Santa Claus ni Taita Noel. Porque es la época en que el pabellón de quemados del Hospital del Niño se rebalsa de nenes achicharrados para los que luego habrá que recaudar fondos a fin de hacerles dolorosos transplantes de piel con pellejo de chancho. Porque en las calles hay más niños escuálidos que nunca, más pordioseros, más ancianos hambrientos, más locos calatos y, sobre todo, más y más ladrones, muchísimos más desesperados dispuestos a cortarte la yugular con tal de comprarle a su viejita una oferta de panetón con plastilitro de regalo. Porque –como bien profetizara Valdelomar- el país es el Jirón de la Unión y de todos lados brotan multitudes, hordas, manadas, procesiones y yo aborrezco las procesiones aunque vayan por fuera. Porque los villancicos siempre me dan ganas de llorar a gritos. Porque todos se vuelven locos por comprar pavos, canjear pavos, rellenar pavos, hornear pavos, llenar su maletera con pavos como si el puñetero pavo, por lo menos, fuera rico, como si hubiera sobre la tierra carne más insípida, más seca y más monse que la carne de pavo, de pavita, de pavipollo, de pollipavo o cualquiera de sus múltiples y estúpidas mutaciones. Porque la comida navideña es vomitiva y a todo le meten manzana delicia y mezclar manzana delicia con mayonesa me parece de peor gusto que servir puré de manzana delicia que, como se sabe, es comida para bebe o para enfermo. Porque el estruendo de los cohetones vuelve locos a mis perros que no tienen la culpa de nada. Porque todos quieren jugar al amigo secreto, especialmente en esas oficinas patéticas donde nadie en su sano juicio quisiera tener amigos ni siquiera a escondidas. Porque la noticia clásica es la del menor que –creyendo que eran caramelos- se comió los rascapiés y se murió botando espuma por la boca. Porque la gente que está más sola en este mundo tiende siempre a suicidarse en nochebuena. Porque la gente se alucina bondadosa porque, en lugar de botarla directamente a la basura, le dona la ropa vieja a la parroquia o le convida un tazón de chocolate caliente al guachimán del edificio que, probablemente, está que se caga de calor. Porque en el brindis de las doce de la noche todos se acuerdan de los muertos y se largan a llorar cual magdalenas. Porque hay demasiados carros y taxis y combis y custers al mismo tiempo y los choferes imbéciles de siempre se ponen más imbéciles aún y el tráfico en Lima se vuelve –como todo lo demás- un puto infierno. Y me opongo a ella, muy especialmente, porque hace creer a los niñitos ricos que se lo merecen absolutamente todo mientras que a los niñitos pobres les deja claro que la única bicicleta con la que podrán soñar será la volcánica diarrea que les producirá la grasienta leche en polvo con que algunas señoronas filantrópicas y culposas prepararán -primorosamente- la chocolatada de los cholos.
Por Snick
Me opongo a la navidad porque en navidad todo en el Perú nos da más pena que de costumbre. Porque llega trayendo sus tradicionales incendios en depósitos clandestinos de artefactos pirotécnicos. Porque aquí no existe la nieve, ni los trineos, ni los renos, ni las mediecitas rojas que se cuelgan en las chimeneas, (ni las chimeneas), ni Papa Noel, ni Santa Claus ni Taita Noel. Porque es la época en que el pabellón de quemados del Hospital del Niño se rebalsa de nenes achicharrados para los que luego habrá que recaudar fondos a fin de hacerles dolorosos transplantes de piel con pellejo de chancho. Porque en las calles hay más niños escuálidos que nunca, más pordioseros, más ancianos hambrientos, más locos calatos y, sobre todo, más y más ladrones, muchísimos más desesperados dispuestos a cortarte la yugular con tal de comprarle a su viejita una oferta de panetón con plastilitro de regalo. Porque –como bien profetizara Valdelomar- el país es el Jirón de la Unión y de todos lados brotan multitudes, hordas, manadas, procesiones y yo aborrezco las procesiones aunque vayan por fuera. Porque los villancicos siempre me dan ganas de llorar a gritos. Porque todos se vuelven locos por comprar pavos, canjear pavos, rellenar pavos, hornear pavos, llenar su maletera con pavos como si el puñetero pavo, por lo menos, fuera rico, como si hubiera sobre la tierra carne más insípida, más seca y más monse que la carne de pavo, de pavita, de pavipollo, de pollipavo o cualquiera de sus múltiples y estúpidas mutaciones. Porque la comida navideña es vomitiva y a todo le meten manzana delicia y mezclar manzana delicia con mayonesa me parece de peor gusto que servir puré de manzana delicia que, como se sabe, es comida para bebe o para enfermo. Porque el estruendo de los cohetones vuelve locos a mis perros que no tienen la culpa de nada. Porque todos quieren jugar al amigo secreto, especialmente en esas oficinas patéticas donde nadie en su sano juicio quisiera tener amigos ni siquiera a escondidas. Porque la noticia clásica es la del menor que –creyendo que eran caramelos- se comió los rascapiés y se murió botando espuma por la boca. Porque la gente que está más sola en este mundo tiende siempre a suicidarse en nochebuena. Porque la gente se alucina bondadosa porque, en lugar de botarla directamente a la basura, le dona la ropa vieja a la parroquia o le convida un tazón de chocolate caliente al guachimán del edificio que, probablemente, está que se caga de calor. Porque en el brindis de las doce de la noche todos se acuerdan de los muertos y se largan a llorar cual magdalenas. Porque hay demasiados carros y taxis y combis y custers al mismo tiempo y los choferes imbéciles de siempre se ponen más imbéciles aún y el tráfico en Lima se vuelve –como todo lo demás- un puto infierno. Y me opongo a ella, muy especialmente, porque hace creer a los niñitos ricos que se lo merecen absolutamente todo mientras que a los niñitos pobres les deja claro que la única bicicleta con la que podrán soñar será la volcánica diarrea que les producirá la grasienta leche en polvo con que algunas señoronas filantrópicas y culposas prepararán -primorosamente- la chocolatada de los cholos.
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martes, 12 de octubre de 2010
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LEER O MORIR
sábado, 11 de septiembre de 2010
LEER O MORIR
Pero la gente que no lee no tiene idea de lo que se está perdiendo y no es menester ser profesor para decírselo a tiempo. El título de esta nota es, en realidad, una consigna de urgencia para el 2010.
A leer, carajo. A bombardear de libros el país.¿Y todo eso te lo aprendes? - me pregunta, entre cachoso y asombrado, el reggaetonero taxista al verme subir a su caña a gas con un libro en la mano.
¿Y este?, ¿qué tiene? -se preguntará. Por supuesto está convencido de que los libros aburren porque se han inventado para obligarte a estudiar huevadas que no te van a servir nunca para nada. Debe pensar que soy una especie de chanconcete ridículo que se desvive repasando la tarea hasta cuando sale a comprar pan. No me lo aprendo, causa -le digo- porque este libro no lo estudio, solamente me lo leo.
Le suena a rocón, lógicamente y su clamorosa cara de exijo una explicación no hace sino empeorar todavía más: ¿Entonces?, ¿pa'qué chucha lees? Para hacer hora -le contesto-, es mi bacilón. Me queda mirando, ladea la cabeza como un basset hound, entrecierra los ojos como si intentara detectar la minúscula cámara escondida con la que debo estar queriéndole jugar una mala pasada tras la cual, sin duda, me burlaré a mis anchas en televisión.
¿Leer es.tu bacilón? 'Ta qué monse, oe. Y acto seguido, se recaga de la risa. Al llegar al semáforo, ya algo repuesto de su ruidosa hilaridad, me quita el libro de las manos y lo observa con la extrañeza más profunda, como si fuera un meteorito fosforescente recién caído del cielo.
Nota que tiene una pistola en la portada y esboza la leve sonrisa del que reconoce un rostro familiar.
Vuelve a reírse cuando cae en la cuenta -ah, manya- de que las tres balas que aparecen junto al arma son, en realidad, tres lápices labiales. ¿Y de qué trata? De una hembra sicaria y recontraavezada. ¿A la firme? A la firme, ¿te leo? Ya pe'.
«Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los ojos y vio la pistola».
Cierro el libro de un solo golpe y el ferchito frena en one, se achora, se aferra frenético a su timón cambiado: ¡sigue leyendo, pe' tamare, sigue! ¿Y de ahí qué viene?, ¡habla pe'!, ¿qué más, qué más? Sigue leyendo tú -lo reto, dejándole al bajar mi pitita edición de Rosario Tijeras del colombiano Jorge Franco, no sin antes advertirle que si la busca en Polvos, también podrá encontrarla en película y hasta en canción, en el disco Mi sangre, de Juanes.
Eso sí -le advierto- te lo regalo con una condición: que cuando lo acabes se lo juegues a otro y ese a otro y así. Pueda que ese sea el único terrorismo que estamos necesitando. Me tinca que es lo que habría que hacer por calles y plazas: bombardear con libros este país, sin misericordia ni contemplación.
Propósito de año nuevo: que los que todavía podemos comprarlos, los regalemos religiosamente apenas terminemos de leerlos.
Una vez que los has leído ya los llevas puestos, no hay lógica ninguna en acumularlos por purita ostentación culturosa, arrumarlos al infinito no le sirve a nadie más que a las polillas. Habría que imitar lo que suele hacerse en los albergues mochileros: dejas un libro y te llevas otro. Como quien siembra minas antipersonales, hay que dejar los libros regados indiscriminadamente, por todas partes, dale: olvídate adrede un libro en el asiento del micro, deja otro sembrado en la mesa del café, en la banca del parque, en el mostrador de la bodega, en la cabina telefónica, en el murito del malecón y vamos a ver qué pasa. No son pocos los que andan diciendo que la Internet ha reemplazado a los libros. ¿Ah, sí? No me digan.
A ver métanse a una cabina y ensayen una estadística sencilla: cuenten cuántos causas están jugando a dispararle a algo, cuántos andan pegadazos en el chat, cuántos husmeando porno duro con la mano en el bolsillo y cuántos buscando a quién se levantan esta noche. ¿A la Internet a leer? Pichula Cuéllar. Volver los ojos a los libros es la voz.
Presentárselos a quienes les temen o no los tienen o no se han enterado de que existen es una completa obligación y la última esperanza que nos queda para intentar siquiera comenzar a revertir la tragedia incubada desde la noche de los tiempos por las infames hordas de maestruchos iletrados y pichiruchis como Caridad Montes, esa chihuahua ojona y desquiciada que tienen por cabecilla los adalides de la ignorancia del Sutep. Acabáramos.
¡El Sutep! Los mantecosos cónsules de la mediocridad suprema. ¡Hay que verlos levantar cretinamente el puño en los noticieros!, ¡resistiéndose a ser examinados igualito que el choro a la salida de la tienda!, ¡forcejeando desesperadamente para salvarse porque se saben perdidos y culpables! Ninguna coartada es suficiente para justificar el obsceno analfabetismo magisterial. Claro que la docencia es la más noble y sacrificada de las profesiones y por supuesto que ganan y han ganado siempre una porca miseria.
A mí nadie me tiene que venir a contar lo heroico que es ser profesor en el Perú; lo sé de sobra porque orgullosamente vengo de una familia de maestros.
Mi madre se pasó 35 años enseñando a leer y escribir, mañana y tarde, en una escuelita fiscal de Breña, donde -lo recuerdo como si fuera ayer- los niños se desplomaban, uno tras otro de sus carpetas, desmayados como pollos porque los mandaban a estudiar sin desayuno.
Seis de mis ocho tíos maternos también fueron maestros: Livia y Washington, mis adultos preferidos, pasaron íntegras sus vidas dictando clases en ruinosos, paupérrimos colegitos de Barrios Altos y Huancayo en los que, de chico, pude admirarlos dando cátedra de historia del Perú, literatura, educación por el arte o geografía y en las postrimerías de una hermosa vida consagrada a la niñez en la provincia de Aija, departamento de Áncash, mi abuelo Max Abdón Pajuelo -al que no conocí- fue merecidamente premiado con las palmas magisteriales.
Estoy convencido de que cualquiera de ellos se hubiera paseado con esa cacareada y seguramente papayita evaluación a la que tantísimo miedo le tienen ahora. Así en la casa como en las aulas he tenido siempre, lechero yo, la inmensa suerte de estar rodeado de profes de verdad, humanistas genuinos que se complacían en contagiarte su pasión por las letras, la música, la pintura, el cine, el teatro.
Maestros que podían sentarse a conversar de cualquier tema con cualquiera, porque siempre estaban conectados con lo que pasaba en el país y en el mundo.
Tipos de primera que siempre iban a todas partes con uno o más libros bajo el brazo. Lo poco o mucho que haya hecho o vaya a hacer en esta vida se lo debo a ellos, tanto como el país les debe a sus impresentables sutepistas el habernos legado generaciones íntegras de prósperos cobradores de combi, siempre colgados del estribo de la historia o progresistas ejércitos de guachimanes somnolientos vigilando -en doble turno y por quince luquitas al día- el futuro diferente del Perú
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